domingo, 11 de diciembre de 2016

Maluma y reguetón empujan la cultura a una encrucijada: ¿libertad o dignidad?

El sometimiento sexual de cuatro mujeres a los caprichos del colombiano Maluma en su canción “4 Babys” ha reavivado estos días las críticas en torno al reguetón, tachado como un estilo machista, y ha encendido de nuevo el debate sobre la responsabilidad social de la cultura.
“Estoy enamorado de 4 babies / Siempre me dan lo que quiero / Chingan cuando yo les digo / Ninguna me pone pero”. Cuatro versos que conforman el estribillo más polémico de los últimos meses a raíz de la denuncia de la artista visual y activista española Yolanda Domínguez en El Huffington Post, al que siguió una petición con cerca ya de 80.000 firmantes para retirar el tema de circulación.
Según la misma, “4 Babys” es “denigrante para el género femenino” y “hace apología de la violencia directa hacia las mujeres, las cuales son descritas como meros cuerpos sin valor, intercambiables y absolutamente disponibles al servicio del deseo sexual ilimitado de los autores”.
Ese es Maluma, el último fenómeno musical de Latinoamérica, un artista que, pese a su juventud (22 años), se codea con Ricky Martin y Shakira (su canción conjunta, “Chantaje”, lidera la lista española y la “Hot Latin Songs” en EEUU). En un lustro de carrera acumula 40 millones de seguidores en redes sociales.
Durante su reciente paso por España, declaraba: “Para mí solo el cielo es el límite”, unas palabras que contrastaban con su actitud sosegada y humilde, así como con la imagen moderna que intentaba proyectar, rehusando calificar su estilo musical como reguetón.
“Me encanta, me he criado escuchándolo y tengo grandes amigos en el género, a los cuales admiro, pero yo prefiero que la gente a mí me identifique más por un movimiento que por un género”, señalaba este músico que dice mirarse en el espejo de Héctor Lavoe y Justin Timberlake.
Sus reticencias a emparentar con el reguetón no son nuevas, desde que Daddy Yankee diera un vuelco a principios del siglo XXI a la dimensión global del género con letras como: “Esto va pa las gatas de to colores / Pa las mayores, pa las menores / Pa las que son mas zorras que los cazadores / Pa las mujeres que no apagan sus motores”.
Gracias a su procaz canción “Gasolina”, aquel cruce del sonido parsimonioso del reggae jamaicano con el descaro rapeado del hip hop y la celebración de la sensualidad de Puerto Rico pasó de distribuirse en casetes en puestos callejeros a convertirse en un movimiento internacional.
La humildad de sus orígenes imponía también inmediatez en los referentes. Las letras del reguetón bebían del barrio y de la discoteca y trasladaban esa idiosincrasia sin eufemismos ni ambages.
“Le digo a todo el mundo que tengo canciones de contenido para adultos, como la clasificación de las películas, y que un buen actor hace todo tipo de filmes. Cuando nos tenemos que expresar con un contenido explícito, lo hacemos”, replicaba Daddy Yankee a Efe al preguntarle por la imagen puramente sexual que ofrecía de las mujeres.
Cada vez son menos los artistas de la nueva hornada que osan reivindicar su figura. Entre ellos está J Balvin. “Mis letras no son groseras, pero el género tiene su historia y empezó así, con letras reales y crudas, como pasó con el rock, con la salsa, con el punk...”, defiende el colombiano, que habla de su propia música como “reguetón que ya ha ido por el mundo”.
Son muchas las voces que alertan de que los patrones sociales que se critican en el reguetón están en otras manifestaciones culturales habituales, aunque quizás de un modo menos explícito o grueso.
Para María José Díaz-Aguado, catedrática de Psicología de la Educación y directora de la Unidad de Psicología Preventiva de la Universidad Complutense de Madrid, “la violencia machista se sigue transmitiendo a través de sutilezas que no generan el mismo rechazo” que un bofetón, pero que pueden derivar en él.
Pero frente a la teoría de que la cultura informa al mundo y quienes abogan por delimitar sus coordenadas, otras voces reivindican la preeminencia de la libertad de expresión como campo de juego en el que estirar los límites de la realidad e invitan a forjar oyentes críticos.
“No hay nada sagrado, de todo se puede hablar y nada es apología de nada. La ficción es ficción y lo que se pueda decir en una canción siempre será ficción”, afirma Julián Hernández, del grupo español de punk rock Siniestro Total.

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