Cuidado, nos pide cuentas

Alicia Estévez

Opinión

Cuando la conocí, en el año 2016, cojeaba. Había sufrido un accidente, me comentó. Creí, entonces, que hacía poco de aquello. Pero el choque fue en el 2014.  Requirió más de dos años en  rehabilitación, pasó de silla de ruedas a muletas y, luego, a bastón. Ella y su esposo se accidentaron un día en que caía una llovizna. El conductor de un autobús, que traía las gomas lisas, se deslizó en el asfalto, cruzó la vía y se les estrelló.
Ella resultó con una pierna y un brazo rotos y sangraba profusamente. La sacaron del vehículo con muchísima dificultad, para montarla en la primera de tres ambulancias utilizadas antes de llegar a un centro médico, porque las ambulancias de servicio, en la carretera donde transitaban, solo podían llegar hasta un punto determinado. Además, no tenían gasolina y los accidentados debieron suministrar el dinero para comprarla.  Hasta el lugar donde los llevaron fue un hermano de esta persona, que es médico, con otra ambulancia y suero porque las dos anteriores no tenían disponible.
De modo que un traslado que, sin prisa, se hace en hora y media, a ellos,  con la prisa de una emergencia, les tomó tres. Por suerte, tras operaciones, dolor y años de terapia, ahora, la señora está bien. Agradece a Dios y a los terapeutas el no haber quedado con secuelas.
Para que ese accidente pasara coincidió que mucha gente no hizo lo correcto: el chofer, que andaba con unas llantas lisas. Los responsables de la ambulancia, que las tenían allí para llenar un requisito pero sin gasolina, y sin suero, y  trazaron límites para su desplazamiento sin pensar en la situación, de vida o muerte, de los involucrados en los choques. También, quienes construyeron y aprobaron la carretera que, según me explicó esta señora,  le bastó una llovizna para volverse resbaladiza.Si una de estas personas cumple con su deber, le habría ahorrado muchísimo dolor.
Y, aunque un accidente ocurre en cualquier lugar, recuerdo que, durante una época de lluvias, fui testigo de que esa misma vía se inundó hasta quedar cortada, algo que me pareció inaudito. El día del accidente de esta pareja, unas llantas en mal estado y unas gotas de agua causaron el desastre. Los afectados se  preguntan si quienes construyeron esa carretera y quienes la recibieron, hicieron lo correcto.
Porque hacer las cosas bien, como Dios manda,  al igual que  hacerlas mal, provoca un efecto en cadena y, al final, no sabemos a quiénes afectará y la dimensión del bien o el daño que causaremos. Y, si nos llamamos cristianos, debemos saber que de todo lo que hacemos, y sus consecuencias, Dios ha de pedirnos cuenta.
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