Alivio

Ricardo Silva Romero
Opinión

Esto pasó en esta casa hace tres días: que Pascual, nuestro niño de siete años, volvió a preguntarnos si era cierto que tendríamos que irnos del país si gana Petro, pero esta vez no solo le repetimos que de aquí no nos saca ningún político, sino que le confirmamos que vamos a votar por esa candidatura –sin fatalismos ni superioridades morales ni excusas ni biblismos ni petrismos– porque de las dos que quedan en pie es la única que defiende ciertas causas que he defendido yo en este periódico en el que cumplo nueve años de decir lo que he querido: voto por que nadie esté por encima ni por debajo de nadie ante la ley, por que sean protegidos de los inquisidores los derechos sexuales y reproductivos, los derechos LGBT y los derechos de las mujeres, y por que sean implementados sin rodeos los acuerdos de paz, empezando por la Constitución de 1991.

Eso dijimos. Eso dije. Pero sobre todo repetí –se vuelve uno la persona de la casa que insiste en que hay que leer las instrucciones– que nadie tiene por qué ser matoneado, ni estigmatizado ni perdonado por su voto. Sé de gente serena que, en vez de votar por Petro a pesar de Petro o por Duque a pesar de Uribe, va a votar en blanco para dejar constancia de que el tono refundador con el que empezaron las dos campañas no es el tono de la democracia: en una democracia cuerda los que pierden las elecciones no son los ciudadanos que se quedan, sino los políticos que vienen y van. Sé también que reducir el éxito de Duque al trabajo de las nauseabundas maquinarias es injuriar a sus electores, omitir que buena parte del pueblo es uribista, caer en la trampa, en fin, de estos entusiasmos nuestros que atisban el poder pero apenas logran la nostalgia.


He tenido gripa desde que empezó esta Campaña Boba como la patria: ‘el abrazo de Uribe’. Pues desde el puro principio, cuando un poseso me gritó “¡viva las Farc!” en la calle, como asaltándome por mi apoyo a los acuerdos y anunciándome el regreso de la derecha, me temí de extremo a extremo esta derrota del humor, esta manía de creerse el bueno de la película en la vida real, esta predisposición a apoderarse de las polarizaciones de los políticos, esta dificultad para entender que votar no es vender el alma, esta criminalización del que piensa lo contrario y esta sordera al otro que es la raíz de nuestra guerra. Si en 2010 tendríamos que haber aprendido que hay que estructurar los entusiasmos, y en 2014 que siempre hay que votar sin tapabocas, en 2018 tendría que quedar claro que no sabemos ser sin prevalecer, ser sin temer.

Mi amigo José Luis, que ya es mucho tenerlo, ve todos los días en un pasillo de la OEA la frase aquella que Benito Juárez pronunció cuando asumió el poder: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Y sí: es justo eso lo que he querido decir. Y, apenas me envía una foto de la placa para probármelo, decido que voy a hacer de cuenta que esto sí es una democracia: que Colombia ya no tiene por qué descuadernarse gane quien gane el domingo; que este no es más el país desmoralizado en el que el uribismo arrasaba en la primera vuelta para quedarse con todo; que puede haber dos candidaturas irreconciliables, pero las dos están obligadas a poner en marcha la misma Constitución; que es posible votar desde el centro, sin conjeturas ni coartadas ni moralismos, para defender unas cuantas ideas, y ya.

De aquí no nos vamos, pase lo que pase este domingo, como si hubiéramos perdido. Pascual no va a votar con miedo, ni va a recibir los resultados de los escrutinios como el fin del mundo ni va a creernos que hubo un tiempo en el que la gente iba a votar entre la guerra. Y el lunes no va a ser un dolor, sino un alivio.
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