Políticas que infestan el alma

Gina Montaner
Opinión

Uno sueña con las vacaciones para abstraerse de la rutina. Para huir de las cargas diarias. Para sacudirse lo que produce un malestar sordo que solo los días de asueto alejan.
Sin embargo, en este Madrid que ya entra en el letargo del verano no hay manera de escapar a la realidad que a un lado y otro del océano pesa como un negro nubarrón. En Italia el gobierno xenófobo se refiere a los migrantes que navegan desde África como “carga” indeseable, despojando a las personas de los atributos que las hacen vulnerables y reduciéndolas a objetos desechables como animales nacidos para el sacrificio en una u otra orilla.
Demos el salto a los Estados Unidos, donde las políticas migratorias del presidente Trump compiten en crueldad con las del ministro del Interior italiano Mateo Salvini. Este último emplea términos como “carne humana” y el mandatario estadounidense dice que vienen a “infestar” su país, al hacer mención a las familias de migrantes que cruzan la frontera huyendo de la pobreza o de la violencia en sus países.
Busco en el diccionario el significado de “infestar”: “Invadir (algo o alguien) en forma de plaga”. Así caracteriza Trump a los miles de niños, mujeres y hombres que a diario intentan llegar a la primera potencia del mundo con la esperanza de abrirse camino. Me pregunto si el presidente mete en el mismo saco a migraciones anteriores que llegaron a Ellis Island desde Europa, muchos con papeles falsos. Pero me temo que cuando emplea de manera peyorativa “infestar”, piensa en los migrantes que provienen de México, Centroamérica y el Caribe principalmente. Al fin y al cabo, en algún momento ha manifestado que le gustaría darles la bienvenida a los europeos del Norte y jamás ha mostrado preocupación por las mafias rusas que operan en Estados Unidos con la anuencia de su socio y aliado Vladimir Putin.
Son elementos que contaminan sociedades aparentemente idílicas que temen perder la pureza de su superioridad racial. Eso es lo que rezuman estas expresiones que se lanzan desde púlpitos con impunidad y ante aplausos de quienes legitiman el racismo. El odio al extranjero. A ciertos forasteros. Loas que vienen hasta de los conversos, esos inmigrantes que ya se mezclaron en el mainstream, aferrados a su legalidad y mimetizados en los rostros impávidos de quienes claman por la supremacía para salvar a la nación de una “invasión” que supuestamente viene a acabar con la “civilización” a fuerza de recoger tomates en los campos, limpiar casas, servir en restaurantes y hacer de sus hijos ciudadanos que se superan y se integran si los dejan.
En las aguas de Europa los más pobres deambulan como náufragos sin puerto donde descansar. En la frontera Sur de Estados Unidos se ha separado a más de dos mil menores de sus padres migrantes. Salvini, líder de la ultraderechista Liga, no cede y se pone chulo con la Unión Europea: allá ustedes con esta carga humana, les viene a decir. Como fardos sin alma. En cuanto a Washington, pues ya ven: la separación de menores, ahora desperdigados en centros por todo el país y víctimas de una administración que oscila entre el caos y la crueldad, pasó de defenderse como “ley”, a “política” hasta “orden ejecutiva” sin marcha atrás. El irresponsable y perverso cantinflismo de un gobierno que desconoce los más mínimos principios morales.
Lo único que ha llevado a la Casa Blanca a revertir la orden ejecutiva ha sido el efecto boomerang de un art of the deal que les ha salido al fiscal general Jeff Sessions (gran artífice de estas maniobras execrables) y al presidente por la mismísima culata. En realidad, les traen sin cuidado estos niños que vienen a “infestar” a la nación porque desde el principio incluyeron en el cálculo la saña extrema como estrategia “disuasoria”.
Pero lo que los descoloca es el repudio que crece hasta en las filas republicanas, donde afortunadamente todavía hay voces moderadas y compasivas. El clamor de las ex primeras damas que, independientemente de su signo político, no pueden ocultar la náusea. El susurro de Melania Trump y hasta de la hija amada del presidente. Madres al fin. Sabedoras de la barbarie infinita que significa separar a los niños de sus padres. Por no decir que es una violación de los derechos humanos. Un atropello que no es nuevo, pero que a toda costa hoy se procura evitar a la vez que se aplican políticas migratorias que ponen en la balanza la legalidad y la decencia a la hora de frenar la inmigración irregular.
El audio que ProPublica dio a conocer con el llanto y las súplicas de niños desorientados y aterrados tras haber sido separados de sus padres permanecerá para siempre en la memoria de todos. No hay pasaje en la Biblia que justifique estos abusos. En ninguna orilla del mundo.
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