Dos discursos y un destino

Ramón Escovar León
Opinión

El 5 de Julio ha sido ocasión propicia para escuchar buenos discursos en el Parlamento venezolano. En el año 1999 correspondió, en el desaparecido Congreso, a Jorge Olavarría ante el nuevo presidente, Hugo Chávez. Este año el discurso fue del historiador Edgardo Mondolfi. Entre uno y otro ocurrieron algunos hechos que marcaron el destino, y sobre los cuales conviene presentar varias reflexiones.

La alocución de Jorge Olavarría fue profética. Después del sobreseimiento a Chávez y su elección como presidente mediaron cuatro años, tiempo durante el cual la dirigencia del país podría haber diseñado un plan político para frenar la amenaza y el ascenso del militarismo populista. Nada se hizo, pese a las advertencias de Luis Castro Leiva en su memorable discurso del 23 de enero de 1998, pronunciado en el Congreso Nacional frente al liderazgo de la época. Al contrario, luego del triunfo de Chávez, se le tendió la alfombra al proyecto castrista con entusiasmo. En este ambiente se produjeron dos decisiones judiciales que contribuyeron a la consolidación del chavismo.

Olavarría pronunció su discurso a mitad de camino entre dos hechos que no pueden pasar inadvertidos: la sentencia de la Sala Político Administrativa de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999 y la sentencia de la Sala Plena de esa corte del 14 de octubre del mismo año. En la primera, la Sala Político Administrativa le entregó la Constitución a una Asamblea Nacional Constituyente que, violando los principios constitucionales, se declaró originaria, como si hubiese sido consecuencia de una revolución o de una decisión popular. Esto nos recordó la frase de José Tadeo Monagas con ocasión del asalto al Congreso el 24 de enero de 1848: “La Constitución sirve para todo”.

El carácter originario que se le atribuyó a dicha constituyente fue repudiado por destacados constitucionalistas como Humberto Njaim, por ejemplo. Esta decisión derrumbó el principio de primacía constitucional con una decisión judicial, emanada de un tribunal que tenía su origen en la Constitución de 1961 y así decretó su muerte.

Pero el asunto no se detiene ahí. La Corte Suprema de Justicia, el 14 de octubre de ese año 1999, en Pleno, dicta la decisión que declara la supraconstitucionalidad de las “prescripciones” de la ANC. Estos dos actos jurisdiccionales enviaron de vacaciones indefinidas al principio de separación de poderes y le dieron la bienvenida al autoritarismo.

Por su parte, en el discurso pronunciado hace unos días por Edgardo Mondolfi se destaca el peso de los líderes civiles y el valor de la prensa en los hechos de 1810 y 1811. “Si nacimos entre y como civiles, también vale acotar que nacimos gracias a la prensa”, fueron sus palabras. Ello es así porque la república nació en 1811 gracias a la élite intelectual de la época, la cual inició el constitucionalismo venezolano. En este grupo destaca de manera relevante la figura vigorosa de Juan Germán Roscio, quien no portaba un fusil sino una pluma.

La república no “nació en un campamento” sino “entre las paredes del civilismo”, afirma Mondolfi. Sin la participación del liderazgo civil no habría habido el 5 de Julio de 1811. El líder civil precedió al jefe militar. El militarismo nació al terminar la guerra de Independencia y adquirió rasgos determinantes a lo largo de los siglos XIX y XX. Vivimos la experiencia de cuarenta años de gobiernos civiles que, con sus imperfecciones y errores, permitieron la alternancia del poder y la paz democrática.

Lo sucedido durante el tiempo transcurrido entre los dos discursos referidos ha significado el renacer del autoritarismo y la ineficiencia en las tareas de gobierno, como queda evidenciado con la crisis humanitaria producida por la ruina de Pdvsa y la hiperinflación.

De lo que se trata es de un equilibrio que permita encontrar la libertad. Para ello es necesaria una sociedad pluralista en la que quepan todos, sin privilegiar a un sector sobre otro. El reto es el rescate de la unidad para refundar la república de ciudadanos, como la diseñó Juan Germán Roscio, héroe fundamental de nuestra Independencia.
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