Tengo lo que tenía que tener

Tengo lo que tenía que tener

Luis Beiro

Opinión

Cada escritor es el retrato de su tiempo. Y cada tiempo es el retrato de cualquier escritor. Si sacamos a Cervantes de su época, nadie soportaría la lectura del Quijote en español antiguo. Igual sucede con los versos del Archipestre de Hita, o las odas revolucionarias de Vladimiro Mayakovski, o las encendidas novelas de Alexander Bek, Nikolái Ostrovski, Boris Vasíliev y Boris Polevoi, entre muchos otros, que han quedado como símbolos de un tiempo ya superado.

En los últimos años, algunos compatriotas (dentro y fuera de la Isla) han popularizado versiones ridiculizantes del célebre poema “Tengo”, de Nicolás Guillén (1902-1989). Lejos de ubicarlo dentro su contexto, lo han traído a esta modernidad cuando ya los motivos que inspiraron al gran poeta cubano para escribirlo, ya no existen.

“Tengo” es un poema de ocasión. Fue publicado como parte de un libro del mismo nombre y su fecha de edición corresponde a 1964. Tal vez Guillén lo dio a conocer antes. Por entonces corrían momentos de exaltación revolucionaria que despertaron la sensibilidad de un militante comunista de toda la vida. Un hombre que fue perseguido, torturado y ninguneado por la rancia aristocracia criolla, e imaginó que el nuevo sistema social implantado en Cuba quedaría para siempre de la forma en que él entendía que debía ser una sociedad comunista.

A pesar de las circunstancias de su escritura, no fue un poema slogan o un manifiesto propagandístico a favor del régimen. Era un canto lleno de música, cadencia y emotividad que retrataba la forma de vida de los cubanos que entonces creían en la efectividad de ese régimen.

Por suerte, Nicolás Guillén no pudo ver la radical transformación que Cuba sufriría poco después de su muerte, no solo por el surgimiento de la Peretroika y el derribo del Muro de Berlín, sino por la simbiosis de un sistema social que todos consideramos irreversible. Un sistema que puso a mendigar a los cubanos (y prostituir a las cubanas) dentro de su propio país, con la excepción de “los favorecidos por la fortuna”.

En tiempos de “Tengo”, los cubanos vivíamos de euforia en euforia, muy soñadores e ilusionados. El texto se estudiaba en las escuelas, se recitaba en actos públicos, se incluía en miles de antologías universales. Llegó a ser el rostro de la Revolución, el motivo por el cual se rendía tributo a los veinte mil cubanos muertos en la guerra.

La última vez que lo iba a escuchar sería en un congreso del Partido Comunista. Fidel Castro siempre admitía que, antes de comenzar el evento, el Poeta Nacional dijera “Tengo” en su propia voz. Pero aquella vez, Guillén nos sorprendió. Y no fue a causa del mal de Parkinson que ya afloraba sobre sí. Cuando esperábamos ansiosos aquel acto, el poeta, tal vez vislumbrando lo que nos venía encima y comprendiendo la pérdida del contenido de sus vibrantes versos, solo pudo bajarse del podio con la misma prontitud con que subió y, sin más causa, abandonó el escenario. Un silencio sepulcral se adueño de los allí reunidos. Y lógicamente, Fidel Castro sintió su ego ultrajado por el desplante del poeta.

Redacción

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